lunes, 12 de noviembre de 2007

NY: lo que no me gusto

Es fácil resumir lo que no me gustó de América: el capitalismo. El capitalismo entendido como la sumisión total del individuo a un mecanismo que le exige pelear con sus congéneres o hundirse. Y la convicción, tan profunda en los americanos, de que este mecanismo es natural e inevitable. De que es esta competición eterna la que les hace fuertes. El darwinismo social, reeditado por enésima vez, y por favor, no lo llamen darwinismo, que suena muy ateo.




Hubo una situación en la que lo vi más claramente que nunca. Esperábamos para subir al observatorio del Empire State Building. Además de cobrarnos la entrada, lo cual es lógico y razonable, en los márgenes de la cola había espacio reservado para toda una colección de vendedores de extras, que te ofrecían guías visuales, auditivas, fotos en grupo y paseos por el cielo. Esto, para la teoría americana, es la encarnación del mercado, que al extraer del menor resquicio cualquier plusvalía posible, crea más riqueza que cualquier otro sistema. No sólo hay que vender una cosa, hay que insistir o incluso manipular al comprador para que compre más. Y que éste, ya que es un adulto igual que el vendedor, trate de resisitirse como mejor pueda.

En la práctica, me pareció que pecaban de un cierto fanatismo en sus creencias, ellos que siempre han sido los pragmáticos de este mundo. Poner a un hombre a que se desgañite hablando en inglés veinticuatro horas al día a una corriente de gente que en su mayoría no hablan bien el inglés, no es la mejor manera de hacer negocio: es la manera de mostrar que el negocio te importa más que otros aspectos de la vida.

No puedo dejar de poner la descripción que hace Céline de la llegada a la ciudad, en "Viaje al fin de la noche":

"(...) Subían como yo a la ciudad, hacia el currelo seguramente, con la nariz gacha. Eran los pobres de todas partes.

Como si supiera a dónde iba, hice como que elegía otra vez y cambié de camino, seguí a mi derecha otra calle, mejor iluminada, Broadway se llamaba. El nombre lo leí en una placa. Muy por encima de los últimos pisos, arriba, estaba la luz del día junto con gaviotas y pedazos de cielo. Nosotros avanzábamos en la luz de abajo, enferma como la de la selva y tan gris, que la calle estaba llena de ella, como un gran amasijo de algodón sucio.

(...)

No pasaban coches, sólo gente y más gente todavía.

Era el barrio precioso, me explicaron más adelante, el barrio del oro: Manhattan. Sólo se entra a pie, como a la iglesia. Es el corazón mismo, en Banco, del mundo de hoy. Sin embargo, hay quienes escupen al suelo al pasar. Hay que ser atrevido.

Es un barrio lleno de oro, un auténtico milagro, y hasta se puede oír el milagro, a través de las puertas, con el ruido de dólares estrujados, el siempre tan ligero, el Dólar, auténtico Espíritu Santo, más precioso que la sangre."