domingo, 18 de diciembre de 2005

La música

Uno de mis primeros recuerdos de infancia en Madrid es el momento en que me dí cuenta de que no podía cambiar la radio con el pensamiento. No es que creyera que podía cambiarla siempre, pero funcionaba más de la mitad de las veces: pensaba "por favor, que la siguiente sea una más animada" porque me sentía alegre, o pedía una triste para sentirme triste.

Cuando uno es muy pequeño, no existe realmente una barrera entre el mundo y tú. Tus percepciones son enteramente lo que tú eres, como en una foto polaroid que todavía no se ha revelado, y luego poco a poco se van perfilando los objetos, los esquemas mentales que van a encaminar tus pensamientos toda la vida. Pero cuando eres pequeño, todo es todavía parte de ti, como si el mundo fuera joven y hubiera acabado de ocurrir el Big Bang. Por eso no tenemos memorias de cuando somos muy pequeños. Sobre la memoria fundamos la personalidad, y todavía no nos hemos individualizado.

Una mañana de domingo estaba en la cama, remoloneando aún, escuchando la radio que sonaba en la cocina y a mis padres, que hablaban en voz baja para no despertarnos. La radio era uno de estos aparatos que ya eran viejos antes de ser comprados. Se quedó sin la carcasa para las cintas muy pronto, pero duró hasta muchísimo más tarde como radio. Yo llevaba ya un rato cambiando "hits" con la mente, cuando se me ocurrió el pensamiento de que igual no era la radio la que obedecía a mis deseos, sino yo el que reaccionaba a la canción que estaba empezando. Recuerdo ese momento como una especie de albor de la conciencia, como si fuera un mono de 2001 que se levanta sobre sus patas y se da cuenta por primera vez de que va a morir.

Yo lo viví como una separación dolorosa, como el primer retroceso de lo mágico desde el centro hacia los márgenes del mundo (yo era un niño que hablaba con todos los objetos que encontraba a su paso y creía que todos hacían lo que hacían por sus buenas o malas intenciones hacia mí). Sin embargo, la música ha seguido siempre teniendo una importancia central para mí; quizá porque es la manera más rápida de pasar de este lado del espejo al otro.

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