Después de comer en el autoservicio, volvemos a la oficina. No todos los días recuerdo que me traje la pasta de dientes y el cepillo, pero cuando lo hago, asisto a un espectáculo curioso. En el baño entran y salen muchas personas, todas con el llavero de la compañía colgando del cuello. Hay empujones constantemente, y una serie de disculpas murmuradas a media voz, porque el baño tiene dos puertas con muelle, una detrás de otra, y el espacio de descompresión que queda entre ambas resulta de lo más adecuado para las emboscadas.
Dentro tampoco tenemos sitio los cuatro o cinco que queremos lavarnos los dientes a la vez, así que hay que apoyarse en la pared del fondo y formar un público que se frota rítmicamente la boca mirándose al espejo que corre a lo largo de los lavabos, como en una escuela de baile. Cuando uno empieza o termina, se adelanta y usa el lavabo más cercano, mientras los demás lo contemplan con mirada lejana. Las tareas rumiantes crean una calma muy profunda.
Yo, que no aguanto tener demasiado cerca a los demás ni mirarme a los ojos en el espejo, me pongo de los últimos, donde terminan los lavabos y empiezan los urinarios. Son de metal y muy estrechos, como un ángulo saliente de la pared. Mientras intento lavarme con la misma dedicación que mis colegas, fantaseo con la posibilidad de adelantarme de repente, escupir en el urinario, dar a la llave del agua y enjuagarme con ... más o menos en ese punto paro de pensar, asqueado. Y vuelta a empezar, en un loop constante, como el cepillo. Así no es raro que me maree a las pocas vueltas y no aguante los dos minutos reglamentarios, que sí deben lograr los más concentrados atletas allí presentes. Yo escupo enseguida la pasta, recojo a toda velocidad mi bolsita de encima de los lavabos, saco tres golpes (siempre tres) de papel de la máquina, me seco con un gesto rápidp y suelto con firmeza un "hasta luego" antes de salir.
Me gusta oír los balbuceos mientras se cierran las puertas.
Dentro tampoco tenemos sitio los cuatro o cinco que queremos lavarnos los dientes a la vez, así que hay que apoyarse en la pared del fondo y formar un público que se frota rítmicamente la boca mirándose al espejo que corre a lo largo de los lavabos, como en una escuela de baile. Cuando uno empieza o termina, se adelanta y usa el lavabo más cercano, mientras los demás lo contemplan con mirada lejana. Las tareas rumiantes crean una calma muy profunda.
Yo, que no aguanto tener demasiado cerca a los demás ni mirarme a los ojos en el espejo, me pongo de los últimos, donde terminan los lavabos y empiezan los urinarios. Son de metal y muy estrechos, como un ángulo saliente de la pared. Mientras intento lavarme con la misma dedicación que mis colegas, fantaseo con la posibilidad de adelantarme de repente, escupir en el urinario, dar a la llave del agua y enjuagarme con ... más o menos en ese punto paro de pensar, asqueado. Y vuelta a empezar, en un loop constante, como el cepillo. Así no es raro que me maree a las pocas vueltas y no aguante los dos minutos reglamentarios, que sí deben lograr los más concentrados atletas allí presentes. Yo escupo enseguida la pasta, recojo a toda velocidad mi bolsita de encima de los lavabos, saco tres golpes (siempre tres) de papel de la máquina, me seco con un gesto rápidp y suelto con firmeza un "hasta luego" antes de salir.
Me gusta oír los balbuceos mientras se cierran las puertas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario