jueves, 19 de enero de 2006

Mi apéndice y yo

Uno de mis amigos del colegio tuvo una peritonitis cuando era muy pequeño. De vez en cuando, yendo de excursión o cuando llegaba alguien nuevo a la clase, se empeñaba en mostrarnos la cicatriz que le había quedado. Resultaba interesante ver las marcas, muy rectas, que se cruzaban dividiendo todo el abdomen, igual que las líneas con las que dibujaban en los cómics los abdominales de los superhéroes, como si le hubieran tatuado al Capitán América encima. A él le gustaba demostrar que había estado al borde de la muerte. Siempre lo contaba con el mismo gesto. "Estuve a punto de morirme en la UVI." Siempre cambiaba la frase, minimizando hasta la nada absoluta la importancia de haber pasado por algo así.

Justo antes de Navidades se me inflamó el apéndice a mí. Yo estaba absolutamente convencido de que el dolor que sentía debía ser cualquier otra cosa. Por dos razones esotéricas: nunca me he roto nada ni he necesitado nada más importante que una tirita, y dos, hace diez años tuve exactamente el mismo dolor, que igualmente parecía una apendicitis, pero que desapareció sin más. Fui al médico esta vez segurísimo de que era algo que se arreglaba con una pastilla y algo de reposo; de hecho, no hubiera ido si no se hubiera empeñado mi madre.

No me bajé de mi burro particular hasta que no pasé a Urgencias, después de hacerme una ecografía, y me encontré con que me esperaban dos cirujanos. No estaban muy seguros de que fuera una apendicitis, pero al fin y al cabo, "no perdía nada" si me lo quitaban. Estuve de acuerdo con ellos, pero mientras decía que sí, notaba cómo me empezaban a temblar las manos, o los pies, o tenía la sensación de no poder dejarlos colgar de la camilla como antes, porque debía hacer algo con los pies o con las manos, al fin y al cabo me iban a operar y se suponía que algo debía hacer yo para demostrar cómo me afectaba esto. Se fueron a prepararlo todo, y mientras mi madre y la enfermera hablaban de cuándo bajarme al quirófano, yo trataba de sacarme un hilo de voz para preguntar cómo es una anestesia epidural. Porque si es entre las vértebras, ¿cómo te la ponen sin tener que operarte boca abajo? En mi defensa diré que la primera vez lo pregunté con voz normal, pero no me hicieron caso y ya no logré sacar del todo la segunda pregunta: ¿y si se le va la mano al que maneja la aguja?

Me trajeron una silla de ruedas y me bajaron al sótano. Me cambié a una bata de enfermo en una cabina de vestuario que olía profundamente a viejo, como si fuera un gimnasio del INSERSO. No sabía cómo cerrar la bata, ni qué iba a pasar con mis cosas, pero ya en este punto no era cosa de andarse con preocupaciones vanas. Es lo bueno de que te den una serie de instrucciones precisas. Si me hubieran dicho que me pusiera un traje de payaso para salir a escena, hubiera obedecido con la misma mansedumbre. Total. Para que me abran las tripas, qué más da.

Me subieron a la sillita de alta velocidad y me metieron hacia el quirófano, mientras yo miraba obstinadamente un punto en la lejanía. Las puertas batientes se abrían a nuestro paso, pero si mirabas muy fijo, parecía la perspectiva de una cámara en una serie de hospitales. Yo no estoy aquí. Me subo a una camilla, en un quirófano donde hace un frío como el de una bodega de paredes gruesas, hay unas luces encima de mi cabeza, mi perspectiva es ahora la de la escena inicial de "El sentido de la vida". Espero a que aparezca John Cleese con los Monty Python encima de mi cara. Sigo mirando fijo al techo y murmuro algo al anestesista, que me está abriendo una vía en la mano y me pregunta cosas usuales, alergias, cosas que ya he respondido tres o cuatro veces ese mismo día. No encuentra mi vena y me dice que piense en algo agradable, mientras palmea mi mano. No sabía que estar tenso hace que tus venas se contraigan. ¿Un yonki debe pensar en cosas agradables por norma? El anestesista me llama "campeón" y me dice que en cuanto me encuentre la vena me va a meter algo "que me va a solucionar el mundo".

Es cierto. Poco después de meterme la vía, siento un calor agradable y una indiferencia total hacia lo que quiera que me va a pasar. Me pone la epidural. ( Hay que ponerse de costado y en posición fetal. Curiosamente, comprimir la parte baja del cuerpo hace que la anestesia actúe ahí.) No tengo ningún miedo. Pienso en lo que he leído sobre los opiáceos, en Escohotado. Pienso en la frase del prota de Trainspotting sobre la heroína: "toma tu mejor orgasmo, multiplícalo por diez mil..." Sé que probablemente me ha metido una versión sintética y más suave de la morfina. La morfina es el principal de los opiáceos, y la heroína fue creada por la Bayer para substituirla con mayores efectos. O sea que estoy muy lejos del factor diez mil, pero me siento a gusto, qué coño.

Los médicos ponen una parte de la bata entre mi cabeza y mi cuerpo para que no vea nada y yo estoy totalmente de acuerdo y me haría tres operaciones seguidas si hiciera falta, pero por desgracia estoy demasiado ido como para manifestar mi opinión. Las cosas van estupendamente ahí abajo y yo por mi parte dejo rodar los ojos de un lado a otro de mi campo visual, lo cual es tan estimulante que me pondría a cantar si encontrara las fuerzas. Figúrate; cantando con las tripas colgando a un lado, como un héroe romántico, como un capitán de barco de guerra en medio del asalto. Es tan absurdo y tan gracioso todo esto, que me gustaría soltar la risa, una risa corta y aguda, suficiente para demostrarles a ésos de ahí lo valiente que soy y lo feliz que me siento, aquí tumbado en la mesa de operaciones. La luz de las lámparas es intensa y debe recortar sombras muy nítidas bajo el volumen de mi cuerpo, como si estuviera despegando lentamente de la mesa, un globo hecho de carne blanca y pelo, justo a punto de dejar de tocar su soporte. De repente me entran ganas de vomitar. Se lo digo al médico. Intento darle un aire despreocupado, como cuando mi amigo hablaba de su cicatriz, pero deben salirme las palabras a medio masticar. Me giran la cabeza por si vomito, pero no pasa nada. Ya hemos terminado, de todas formas.

Justo cuando me pasan a la camilla me doy cuenta del frío que tengo. Estoy temblando sin control. No me siento mal, pero no puedo parar quieto. La parte inferior de mi cuerpo sigue sin sentir nada, pero tiembla como si también le fuera la vida en ello. Temo asustar a mi madre, que me espera fuera de la zona de quirófanos. Me dejan un rato a un lado del pasillo, y cuando pasa mi médico le pregunto, algo confuso, si es normal temblar tanto. Yo me veo a mí mismo como un epiléptico o alguien con un shock grave. El médico me dice que no tengo de qué preocuparme. Todo ha ido bien, y mi apéndice sí que estaba inflamado. El tío es majo, y no trata a la gente como muñecos que hay que reparar, pero de todas formas tiene esa despreocupación de los médicos que no logro comprender. Creo que hay que ser un loco y un inconsciente para tomar semejantes responsabilidades como toma un médico. Para ellos, sin embargo, está clarísimo que alguien tiene que hacerlo y tienen razón. Eso es lo peor. Son locos que tienen razón. Se me debe de haber pasado el chute, porque no intento decírselo, al médico.

Ahora mi apéndice y yo somos dos entidades separadas. La recuperación irá bien, aunque resultará preocupante darse cuenta de que estoy en una especie de preview a la tercera edad. No me darán el apéndice en un tarrito. ( Hubiera sido a la vez terrorífico y fascinante. Lo hubiera llamado Gus y lo hubiera tirado. No sé por qué.) No veré la cicatriz hasta muchos días después. La mía no es el Capitán América. Se parece más a la de Krusty el payaso.

2 comentarios:

litos dijo...

Joder, qué flipe, menudo viaje. Casi me dan ganas de tenerme que operar yo también... Me ha gustado mucho eso de que "son locos que tienen razón", me he partido. Weiter so.

Anónimo dijo...

me quedo con la anestesia total. por recomendación de litus leí este blog, para convencerme de q la epidural mola mucho. pues eso, q manyana voy a dejar q me abran la rodilla sin tener q verle la jeta a nadie.

veamos a q factor me eleva la volnarkose.

a can´t hardly wait!

marcus wolf.