lunes, 26 de junio de 2006

Verdad y poder

Un pensamiento que me ha parecido muy interesante en la Historia de las drogas de Escohotado (entre otras muchas). Después de describir la escala desmesurada de la caza de brujas en los siglos finales de la Edad Media, que eran posibles continuadores de los usos rituales de las drogas en los cultos báquicos de la Antigüedad, escribe:
¿Hay en la estructura de las sociedades algo que permita prever la acogida prestada por ellas a la magia en general? (...) Un esfuerzo por iluminar la cuestión se debe a una antropóloga, que describió tres tipos básicos de sociedades ágrafas.
En el primero, que podríamos llamar tradicional bien integrada, existe un sistema realista o justo de deberes y derechos (...) El que se aparta de esas costumbres no es un ser a quien puedan atribuirse proezas maléficas, sino un desdichado (...)
El segundo tipo corresponde a tribus dedicadas al comercio, con gran movilidad social. Allí rige una magia completamente técnica u operativa, orientada hacia el éxito (...)
El tercer tipo, que podría llamarse tradicional desintegrado, es aquel donde la hechicería cobra mayor relieve, y una decidida ambivalencia. M. Douglas hace una interesante descripción de estos grupos: "Su cultura les promete recompensas contradictorias y les impone metas imposibles. Creen en la bondad, en la obediencia y en no dividir al pueblo en facciones; pero creen también que la ambición del hombre es llegar a jefe de poblado, y que esto es imposible sin deslealtad ni fricciones. Se imponen una tremenda presión los unos a los otros, y luchan incesantemente por definir y cerrar el círculo de sus amistades. La acusación de brujería constituye un instrumento para segregar a un individuo y definir los límites sociales."
Periódicamente, tales tribus se sienten amenazadas por plagas de impureza, que provocan movilizaciones agresivas para grupos limítrofes, pues en nombre de la magia blanca tratan de exterminar focos de magia negra.

sábado, 10 de junio de 2006

¡En mi bloque vive Franco!

Volviendo de la Feria del Libro me he encontrado en el ascensor con la viva efige del Generalísimo, incluso con unas gafas y una gorra de golf que le daban ese aspecto "fascista retirado - especulador de la Costa del Sol" que se le quedó en cuanto tuvo todo "atado y bien atado". Por un momento, me pregunté si no podía ser que su muerte fuera una farsa, igual que se decía en Berlín después de la guerra que Hitler había podido escapar y estaba en un castillo de los Pirineos, protegido por el régimen franquista. ¿Podría ser que, a su vez, Franco hubiera escenificado su propia muerte para pasar a ser un protegido de Alemania, camuflándose como típico jubilado turista? ¿Pero entonces, qué hace en un ascensor en Madrid?

Son cosas que a uno se le ocurren cuando tiene el cerebro demasiado calentado por el sol y ya le pesan las putas bolsas con los libros que se ha comprado en un vergonzoso arranque de adicción al papel. Aunque suene a columna de periodista del País dominical, cantando las loas al bendito formato libro, que, como es un símbolo de la intelectualidad dominante, pues paga menos impuestos... pero esto no logra engañar al pueblo español que, en su sagacidad milenaria, sigue en una bendita inopia, ahora que hay seis cadenas nacionales en abierto, y todas ponen el mundial. Me pregunto dónde está la exclusiva. La FIFA debe estar forrándose viva, si vende los derechos "en exclusiva" dos o tres veces por país (!).

En fin, me voy a la siesta con el libro de Forges sobre la Guerra Civil. Esto es una sobredosis de España en vena.