martes, 4 de julio de 2006

El infierno existe

El infierno existe, y se encuentra en el intercambiador de autobuses de Avenida de América. Cada vez que lo cruzo en las escaleras mecánicas, camino del Metro, intuyo que, por mis pecados, me reencarnaré en una máquina de tabaco fija allí para siempre. Bajo la luz eterna de los bares encajados entre columnas metálicas, el mundo se reduce a un estrecho pasillo de luz  que navega en medio de las tinieblas más profundas, que son los carriles exteriores. Allí se mueven unas sombras inmensas, metálicas, con reflejos aceitosos a la luz submarina de los reflectores de carretera, mugiendo como bestias prehistóricas bajo tierra. Para aliviar un poco el calor y el polvo constante, han instalado unos ventiladores cada pocos pasos, que emiten unas rociadas de vapor de agua, pero más que aliviar, sólo dan el aspecto de un pozo de condenación, del que escapan largos penachos de sulfuro. El infierno está allí, y miles de personas lo cruzan a cada momento, camino de otro lado, en largas filas de escaleras mecánicas. ¿Quién lo vigilará por las noches?

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