Brecht es muy distinto. Siempre te descubre cosas en las que no habías pensado, pero una vez le das unas cuantas vueltas, te parece que, en realidad, deberías haberlo sabido desde siempre. Por eso uno desconfía, por encantador de serpientes. Lo curioso es que lo que te ofrece no es falso. Es más retorcido que lo que te dictaría el sentido común de Orwell, eso es todo. También tiene pinta de ser el perfecto hombre político: siempre fiel, siempre dispuesto, con conciencia desde joven de a dónde quería llegar. Lo que le salva es la incongruencia. Querer (y obtener) una casa grande y antigua en la DDR. Querer un coche deportivo, y fumar puros enormes y negros como si se los hicieran con alquitrán. Escribir contra la intervención en Hungría. Él, el perfecto premio Lenin de las letras. Con el puñito en el aire, en el exilio, con su cabezón afeitado y las gafas, mientras detrás una tribuna enorme de generales soviéticos le aplaude. Estilo corte militar, pero en vez de un tiro en la nuca, le han dado una estatuílla, será por eso que sonríe a la cámara.
Brecht fue de los dos el que siempre creyó en lo falso, en el comunismo, en Stalin y en todos los sapos que quisieran ponerle por delante. Por eso da un poco de vergüenza reivindicarle, todo el mundo piensa que "en eso se equivocó", a pesar de lo listo que era. Sin embargo, ésta es la pieza central de Brecht. Sin comunismo, no hay Brecht. Es lo que tiene ser rojo y alemán: haces los deberes perfectamente, hasta mucho más allá de lo que sería necesario, y resulta que cuando te mueres estabas equivocado en todo.
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