miércoles, 18 de octubre de 2006

Orwell y Brecht

Orwell es el tipo que siempre te dice las cosas que preferirías no oír, pero no puedes dejar de estar de acuerdo con todo lo que dice. No debió de tener muchas simpatías entre las personas comprometidas con la política, porque es la clase de tipo que no puede callarse una verdad, aunque sea incómoda. Es ese escritor que, una vez muerto, ya puede ser alabado por unos y por otros, según convenga. Si estuviera fuera de la caja, probablemente estaría a punto de revolverse como una fiera precisamente contra los que más cerca de él estuvieran. Siempre en el sitio más indicado, sin embargo. Fue policía en la India en la última época colonial, fue vagabundo en París, fue luchador del POUM en la Guerra Civil española; con suerte en lo físico, le dieron un tiro en el cuello y sobrevivió sin secuelas. Siempre del lado en el que, tras mucho pasar del tiempo, resulta que se tenía razón. Es un poco lo que da asco de los ingleses (y de los americanos): que hasta cuando van contra sí mismos, resulta que tienen razón.

Brecht es muy distinto. Siempre te descubre cosas en las que no habías pensado, pero una vez le das unas cuantas vueltas, te parece que, en realidad, deberías haberlo sabido desde siempre. Por eso uno desconfía, por encantador de serpientes. Lo curioso es que lo que te ofrece no es falso. Es más retorcido que lo que te dictaría el sentido común de Orwell, eso es todo. También tiene pinta de ser el perfecto hombre político: siempre fiel, siempre dispuesto, con conciencia desde joven de a dónde quería llegar. Lo que le salva es la incongruencia. Querer (y obtener) una casa grande y antigua en la DDR. Querer un coche deportivo, y fumar puros enormes y negros como si se los hicieran con alquitrán. Escribir contra la intervención en Hungría. Él, el perfecto premio Lenin de las letras. Con el puñito en el aire, en el exilio, con su cabezón afeitado y las gafas, mientras detrás una tribuna enorme de generales soviéticos le aplaude. Estilo corte militar, pero en vez de un tiro en la nuca, le han dado una estatuílla, será por eso que sonríe a la cámara.

Brecht fue de los dos el que siempre creyó en lo falso, en el comunismo, en Stalin y en todos los sapos que quisieran ponerle por delante. Por eso da un poco de vergüenza reivindicarle, todo el mundo piensa que "en eso se equivocó", a pesar de lo listo que era. Sin embargo, ésta es la pieza central de Brecht. Sin comunismo, no hay Brecht. Es lo que tiene ser rojo y alemán: haces los deberes perfectamente, hasta mucho más allá de lo que sería necesario, y resulta que cuando te mueres estabas equivocado en todo.


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