jueves, 28 de septiembre de 2006

Torbe en la trena

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.

miércoles, 27 de septiembre de 2006

El dinero blanquea

Siempre que voy a un centro comercial por el norte o por el oeste de Madrid veo a una o dos rubias que parecen americanas por el físico, pero a las que se les nota que son españolas por la ropa y por la forma de comportarse. Cuando me las encuentro, porque es inevitable que me las encuentre, pienso que uno de los efectos más desconcertantes del dinero es que blanquea. No ya mentalmente, sino incluso físicamente. Alguien que tiene más pasta "parece" más blanco que alguien que no la tiene.

Debe ser una especie de racismo a la inversa. A los negros que quieren trabajar y ganar dinero les llaman "bounties" los propios inmigrantes en Francia, porque son como las chocolatinas Bounty: negros por fuera y blancos por dentro. Siempre pienso si no habrá más camino que ése, que lleva al hombre blanco occidental como último estadio del desarrollo posible. Con su violencia, su inseguridad y esa falta de empatía hacia los demás que caracteriza a los blancos. Cuanto más blancos son, más violenta y a la vez más sonrojante es su cultura: no hay más que ver lo que sale de Escandinavia. Borrachos, tímidos patológicos o satanistas.

Luego pienso, todas y cada una de las veces, en una escena de "Tiempo de silencio", el nacimiento de un niño en una chabola del sur de Madrid, allá en los 60: "Los médicos escandinavos recomiendan una sala de parto amplia y bien ventillada... pero en el caso de una recia moza toledana, bastarán cuatro paredes asimétricamente dispuestas y una mesa". Y en cómo describe a la madre de la parturienta, dura y seca "como un pan en mitad de Julio". Ricos y pobres no sólo vivían vidas diferentes, sino en universos diferentes, en los que no cabía en absoluto imaginar una vida distinta, a pesar de que estaba ahí, de que en los mismos años existían esos hospitales para las rubias escandinavas, no en otro planeta sino aquí mismo.

Entonces pienso (y ya me acerco al final de mi rueda de pensamientos) en lo sutil de las fronteras. Estas rubias están aquí y viven una vida diferente a las chicas que nacen en el sur de Madrid. No sé si mejor o peor, seguro que ninguna vida es fácil, y sé que ya no existen esas diferencias abismales de la posguerra. Pero es tan pequeña esa distancia... y siempre ves, en la parte rica de Madrid, unas mujeres que no encuentras en ningún otro lado. Yo no creo que las traigan de importación. Creo que su dinero se les transparenta.

domingo, 24 de septiembre de 2006

Tetistas y culistas

Se ha convertido en algo así como un lugar común, por lo menos entre los tíos que conozco, dividir a los hombres a grosso modo entre tetistas y culistas, según qué parte de las mujeres prefieran. Son bandos irreconciliables, como paulistas y cariocas, o como madridistas y barcelonistas... pero no se sabe muy bien qué factores ambientales, genéticos o estéticos llevan a un hombre determinado a tomar uno de los dos partidos.

Los tetistas son partidarios de las tetas, y su lema viene a ser: "Teta grande, ande o no ande". No tienen sentido de la proporción: la perfección se mide directamente en centímetros cúbicos. Suelen ser esos amigos tuyos que te dan un codazo en medio de la calle y te susurran: "Pero mira qué tetas que tiene ésa". Y que, cuando ha pasado la orgullosa propietaria, dicen, en voz más alta: "Si es que la cogía y me las comía tal que así" o cualquier otra expresión en la que lo oral predomine. También suele ser gente que da mucho teatro a su excitación ("Ay, qué malito me pongo", "Ufffff... cómo están"), algo que yo también relacionaría con su fijación oral, pero en la vertiente comunicativa.

Por otro lado, los culistas son gente más introspectiva, debido probablemente a que el objeto de su devoción no puede verse en aproximación frontal, sino que debe uno volverse a tiro pasado, o instalarse en algún lugar estratégico y ver pasar al objetivo. La mirada furtiva, el giro de cuello exacto y el silbido de apreciación suelen ser más comunes. Puede notarse una mayor inclinación por el equilibrio de la forma, antes que por la superabundancia que desean los tetistas. No suelen contar tan abiertamente sus gustos a otros hombres como el otro bando. Probablemente les cuesta admitir que no les interesa una parte tan obviamente femenina como las tetas, como si les estuvieras obligando a reconocer que son maricas.

Qué pena que tampoco en esto reine la unidad. Debe ser que si no tenemos tonterías de qué discutir nos aburrimos.

miércoles, 13 de septiembre de 2006

En el bus


Cuando voy en el autobús al trabajo pienso en las razones por las que estoy aquí, en Madrid de nuevo.

A veces la razón es que el conductor se para en mitad de una calle para saludar con la puerta abierta a una vecina de Hortaleza, de las de bata y rulos, o al conductor del autobús de la misma línea que regresa hacia el centro.

Otra vez es ver a los vigilantes de los parquímetros reparando uno de ellos, uno hurgando en el interior de la máquina y el otro arrodillado como los mecánicos de los portaaviones cuando lanzan un avión, vigilando por si se acerca alguien. Es justo la zona de Madrid donde más carteles hay en contra de los parquímetros. Las manifestaciones se convocan continuamente, aunque nunca he visto ninguna de ellas: los trabajadores de las empresas acristaladas nos vamos a media tarde.

Otra vez oír a dos de la IBM, que también está en la ruta, hablando del campo de prisioneros de Guantánamo con la sencillez con la que uno hablaría de un partido de fútbol o de una riña entre vecinos. "Pero tú imagínate que llevas dos años ahí metido, y eres inocente". Hablando a gritos, como siempre.

Cuando voy en el autobús siempre pienso que debería llevar una libreta para apuntar las cosas que veo y me parecen importantes, tanto positivas como negativas. De hecho, hace meses que me llevo una pequeñita, exclusivamente para eso. Nunca anoto nada.