Cuando voy en el autobús al trabajo pienso en las razones por las que estoy aquí, en Madrid de nuevo.
A veces la razón es que el conductor se para en mitad de una calle para saludar con la puerta abierta a una vecina de Hortaleza, de las de bata y rulos, o al conductor del autobús de la misma línea que regresa hacia el centro.
Otra vez es ver a los vigilantes de los parquímetros reparando uno de ellos, uno hurgando en el interior de la máquina y el otro arrodillado como los mecánicos de los portaaviones cuando lanzan un avión, vigilando por si se acerca alguien. Es justo la zona de Madrid donde más carteles hay en contra de los parquímetros. Las manifestaciones se convocan continuamente, aunque nunca he visto ninguna de ellas: los trabajadores de las empresas acristaladas nos vamos a media tarde.
Otra vez oír a dos de la IBM, que también está en la ruta, hablando del campo de prisioneros de Guantánamo con la sencillez con la que uno hablaría de un partido de fútbol o de una riña entre vecinos. "Pero tú imagínate que llevas dos años ahí metido, y eres inocente". Hablando a gritos, como siempre.
Cuando voy en el autobús siempre pienso que debería llevar una libreta para apuntar las cosas que veo y me parecen importantes, tanto positivas como negativas. De hecho, hace meses que me llevo una pequeñita, exclusivamente para eso. Nunca anoto nada.
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